jueves, 1 de julio de 2010

¡A veces recordar es vivir!

Hace unos meses la Juana cayó enferma, lo que la ha tenido fuera de circulación por algún tiempo y muy a su pesar, porque tiene dificultad para andar. Todo empezó una semana antes de su japiverdei con un fuerte dolor bien localizado, pero de procedencia incierta, que logro burlarse de los diagnósticos apresurados de galenos improvisados. ¡Que horror! Pues mientras estos últimos trataban de adivinar "qué fue lo que pasó y por qué ella se enfermó" la pobre Juana se desvanecía en quejumbrosos lamentos. Pero estos no sabían y ni siquiera suponían de donde procedía el mal que a Juana tanto le dolía.

La familia y amigos se arremolinaban alrededor del lecho de la enferma, murmurando frases de consuelo con la voz quebrada ante la mirada vidriosa de aquella. Finalmente, dada la creciente gravedad, se recorre el único y último camino (antes del camposanto) hacia el hospital, empezando entonces la vía crucis hacia la sanación.

Estando recluida en el nosocomio, Juana es abatida por la desesperanza e incertidumbre ante el terror cósmico de una muerte segura, como si esto fuese alguna novedad, ya que siempre se ha sabido que la gente tiene que morirse. Pero poco a poco, entra en contacto con una extraña realidad: gente que va y viene y en el camino no se detiene; gente que habla a gritos sin piedad ni conmiseración por los que allí tienen que "echar espalda" con los brazos "engargolados" por tubos plásticos llenos de líquidos amarillos; gente que dizque va a ayudar, pero más bien es a molestar.

Como en todo buen hospital hay enfermos y muchos luego de grandes dolores irreversibles se mueren entre el "llanto y crujir de dientes de familiares y amigos". Hay otros según cuenta la Juana, que se han "echado a heder" luego de ser vapuleados duramente por familiares, quienes a "raja tabla" les enrostran su falta de salud, como si eso fuera una opción a escoger.

Tal fue el caso de una madre de familia dizque llamada Urmila que retozaba de dolor ante la mirada impávida de su cuidandera, la joven Euyira, que sólo la cuidaba con los ojos, pues ella no estaba para otra cosa. El día que fue a visitarla uno de sus vástagos, este arremetió contra ella con un rosario de vulgaridades y amenazas, dejando en el ambiente una estela de terror indescriptible. Imagínense ustedes a aquella mujer tirada en una camilla y arropada con dolores oyendo a su hija decirle que "pobre de ella si se curaba, porque entonces sí le entraba a golpes".

Otro caso de horror fue el de la señora Dafnelein, que no era ni gorda ni flaca, ni alta ni baja, solo común y corriente. Esta lloraba incansablemente en su silencio mudo, por la ausencia de sus seres queridos a la hora de la visita y por supuesto por los dolores que sufría. Un mal día el viejo marido la visitó y la mugre le saco entre gritos e improperios salpicados de manotazos. La pobre Dafnelein a quién nadie pudo socorrer,nunca más vió un amanecer. Y por aquellas cosas de la vida tuvo, que enfrentar, en sus últimos momentos, el haber querido a quienes la odiaban y que al final la mataron a gritos.

Ante esto, dice la Juana, solo nos queda orar diciendo: "Ánimas del purgatorio, ¿quién las pudiera aliviar?, que Dios las saque de penas y las lleve a descansar".

No hay comentarios:

Publicar un comentario